martes, 4 de junio de 2013

Los traductores de Inferno, la nueva novela de Dan Brown



El escritor Dan Brown ha establecido fuertes medidas de seguridad para la traducción de su nueva novela Inferno que saldrá a la luz esta semana. Aunque parezca increíble, los traductores han estado trabajando en un búnker durante dos meses, según palabras de los propios traductores, mientras realizaban su trabajo, con el fin de evitar que se filtrara absolutamente nada sobre la nueva obra.

Su publicación se espera para el próximo 16 de mayo y antes de su lanzamiento ya está previsto realizar la versión cinematográfica para sacarle mayor partido como ocurriera con sus anteriores novelas.

La historia de los traductores de la novela comienza el pasado 18 de febrero. En Milán. Más concretamente, en un búnker del edificio de la editorial Mondadori a las afueras de la ciudad. Allí se reúnen 11 personas de distintas procedencias: Alemania, Francia, España, Italia, Brasil. Antes de entrar en el escondite les requisan los teléfonos móviles. Tampoco les permitirán utilizar Internet para comunicarse con el exterior. Solo trabajar, trabajar y trabajar.

Durante dos meses, una furgoneta los recogía en su hotel por la mañana y los llevaba a su búnker de trabajo, de donde salían a las 9 de la noche. Y de vuelta al hotel. Domingos incluidos. Todos sus movimientos quedaban registrados: ‘Pausa para café’. ‘Comida’. ‘Breve paseo’. Asimismo, estaban controlados por un equipo de seguridad con la misión de garantizar que ningún documento saliera del búnker y que ninguno de los traductores se comunicara con el mundo exterior. Ninguno de los once profesionales pudo desvelar su paradero real: tuvieron que buscar una coartada para ausentarse durante dos largos meses de sus casas.

En un principio las medidas de seguridad adoptadas para la traducción de la obra pudieran parecer exageradas pero por otro lado las cifras económicas que se manejan son ingentes. El Código Da Vinci superó los 80 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y la recaudación por las adaptaciones cinematográficas superó los 1.000 millones de dólares, por lo que ninguna editorial quería ver cómo su tan esperada nueva novela se filtraba a la red. La cuestión es la siguiente: ante estos grandes intereses económicos, ¿se debe dejar de confiar en la ética y la deontología de los traductores? Hay quien afirma que no se trata de ética puesto que en este tipo de casos alguna persona cercana a los profesionales, o incluso un hacker, podría robar la información aunque los traductores respeten a conciencia las normas de la profesión.

La polémica está servida. 

Fuente: El País

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